¡Bienvenido al segundo apartado de La Verdad!

Aunque este apartado sea un poco más largo que los anteriores, ¡anímate a leerlo con calma!

 

 

Como hemos comentado ya en el apartado anterior, al contemplar a nuestro alrededor y al hacer un razonamiento lógico, nos damos cuenta de que es necesaria la existencia de una inteligencia suprema que nos ha creado y dado todo cuanto nos rodea. Está claro, no hay duda. Al igual que cuando veo La Piedad de Miguel Ángel veo detrás a su autor y no digo: -¡Caramba! ¡Que obra de arte que se ha hecho al azar! ¡Será cosa de erosión!- sino que sé que alguien ha ido haciendo tal obra con mucho arte y destreza. Así pues, mucha más mano inteligente necesita el orden del cosmos y de nuestro planeta, así como las leyes físicas y todo su conjunto.

 

El que no crea que existe un Dios creador es porque no quiere. El que no cree es el ateo, el agnóstico. Está claro que el que no cree en Dios tiene que creer cosas mucho más inexplicables que los que creemos en Dios. Los que creemos en Dios tenemos explicación para muchas cosas que los ateos no tienen, ya que los que no creen no pueden explicárselas y recurren a la cómoda salida del “no sé”, propia del agnosticismo. Por eso, dice Alexis Carrel, premio Nobel de Medicina: “No soy tan crédulo para ser incrédulo”.

 

En fin, que es más fácil creer en Dios que ser ateo. El que no cree es porque no quiere. No hay peor ciego que el que no quiere ver. Esto ya lo hemos aclarado en el apartado anterior.

 

Ahora bien: creemos en Dios, vale. Comprendemos que existe un Ser Superior y magnífico que ha creado todo. Pero, ¿quién es ese Dios? ¿Por qué nos ha creado? ¿Qué quiere de nosotros? ¿Dónde nos da constancia de su voluntad? ¿Cuál es la religión verdadera si todos defienden su propia religión como la única y genuina? ¿De quién fiarme, de los cristianos, de los islamistas, de los judíos, de los musulmanes, de los hindúes…?

 

Para conocer a ese Dios que nos ha creado y dado todo cuánto nos rodea, tenemos que encontrarle en la religión, ya que la religión es el medio de acceso a Dios. Así pues, hablemos de religiones.

 

 

Se piensa que todas las religiones son buenas, ya que exaltan valores positivos y llevan a los hombres a actuar virtuosamente. Todas, a excepción de aquellas degeneraciones extrañas que provocan un comportamiento descomunal en los hombres. Aún así, sabemos que existen muchas religiones y que entre ellas se contradicen en muchos aspectos. Por lo tanto, no puede haber distintas religiones verdaderas, no es cierto decir que da lo mismo una que otra; dos cosas que se contradicen no pueden ser a su vez verdaderas. Si uno dice que Quevedo nació en España y otro dice que nació en Francia, no es igual uno que otro. 

 

Una pregunta oportuna podría ser: ¿y por qué tiene que haber una religión verdadera? Sabemos que, como Dios existe y es inteligente, nos tiene que haber creado con un objetivo y que, al mismo tiempo, debe de haber procurado establecer y mantener  un contacto con su creación y comunicado su voluntad. No es extraño, pues, que Dios nos haya hablado, sino que es algo perfectamente posible. Así pues, si esa revelación divina se ha dado, tiene que encontrarse en alguna religión, ya que hemos dicho que la religión es “relación” con Dios.

 

Sabemos entonces que tiene que haber una única religión verdadera. La religión no consiste en elegir cada uno la que más le plazca o la que mayor se adapte a sus gustos. Sólo habrá una verdadera religión, y para llegar a ella se necesita un corazón humilde y abierto que busque la verdad. Muchas religiones tendrán una parte que será verdad y otra que contendrá errores, a excepción de la verdadera, que no contendrá errores.

 

Debemos saber que las religiones son proyectos humanos para alcanzar a Dios, pero la religión verdadera no es un intento humano de encontrar a Dios, sino la búsqueda que Dios hace del hombre: no algo que va de abajo a arriba, ¡sino algo que va de arriba abajo!

 

Muchos dicen: -Pues yo no tengo religión- ya que la palabra “religión” les suena a aburrimiento, a reglas, a restricción de libertades, etc. Quien cree en Dios y se desinteresa por conocerle y saber cuál es la verdadera religión está cometiendo un tremendo error.

-Ah, sí, yo creo en Dios, pero no practico- se oye decir.

¡Qué espantosa metedura de pata! Como aquel que dice:

-Ah, sí, sé que tengo un cupón ganador de lotería pero paso de ir a cobrarlo, me da pereza-

¡Pues vaya tío! ¡No podemos desinteresarnos de algo tan importante como es nuestra existencia!

 

Practicar una religión es vivir con un ideal y darle un sentido a la vida, no una esperanza falsa que hace que seamos buenos. Muchos creen que si uno tiene una religión es porque sus padres se la han trasmitido, y que por ello cualquiera está sometido a la religión en la que se forma en casa. En realidad esto no es cierto, ya que una persona puede recibir de sus padres y familiares una determinada religión, pero al tener plena capacidad de elección será dicha persona la que se comprometa a seguir viviendo o no en consecuencia a los ideales que le han transmitido. Esto lo demuestran los incontables casos de conversiones de gente que ha visto que la religión que ha aprendido desde pequeño no es la verdadera.  


Así pues, alguna religión será la verdadera, ¿no? Y sabemos que sólo una lo es.
Para averiguarlo, lo más inteligente sería examinar cada una de las religiones sin prejuicios, y ver cuál es la verdadera. No obstante, dando razones convincentes en una de ellas se puede ver con claridad cuál es la verdadera, sin dejar de lado a las demás.       

Cierto es que podríamos examinar y comentar una tras otra, pero esto sería interminable.

 

Antes de nada debemos considerar que yo puedo darte razones convincentes que te hagan ver la verdadera religión, pero no debes olvidar un componente importante que es la fe. Si pudiéramos ver a Dios y no tener duda de que existe no tendría mérito alguno tener fe. Para creer, hace falta fe, decisión libre, voluntad y un corazón abierto y limpio. Por eso Dios nos ha dejado sus huellas para que creamos en Él, pero también debemos hacer el esfuerzo de creer sin verle directamente. Por eso digo que estas pruebas que te voy a plantear son para que las reflexiones y medites y no te encierres en un racionalismo estancado, sin dejar paso a la fe.

 

Como cristiano católico que soy, defiendo mi fe católica, no por costumbre, sino por convicción. Te aportaré para ello pruebas sólidas para demostrarte cual es la única religión que contiene La Verdad.

 

Alguien pudiera decir: -Ah claro, tú das razones de tu religión mientras que otros las  dan de la suya, ¡así no nos aclaramos!- Quiero pues decir que estoy abierto al diálogo y si alguien me convence de que lo que pienso es falso estoy dispuesto a corregirme.

Como breve inciso quiero dar constancia de que creer que el cristianismo es la religión verdadera no implica imponerla a los demás, ni menospreciar las creencias de otros, ni nada parecido. Es más, la fe cristiana bien entendida exige respeto a la libertad de los demás.



Así pues, voy a empezar a hablarte de lo que es la Verdadera Religión.

 

 

Ya hemos dicho que es totalmente evidente que Dios nos ha hablado, dándosenos a conocer y revelándonos su voluntad. Es preciso, pues, que nos haya hablado por un método claro y seguro para todos. Un lógico resultado de esa comunicación con Dios sería a través de revelaciones que se hayan plasmado en algo manejable y transmisible como es el texto escrito, pasando de una a otra generación. Al considerar que si se trata de una revelación muy antigua donde los medios de comunicación eran muy rudimentarios, el texto escrito es el más claro medio para transmitir ese mensaje.

 

Una cuestión posible sería: ¿dónde se encuentra entonces ese mensaje de Dios? ¿En qué escritos nos ha dejado su mensaje? ¿En las escrituras del Corán? ¿En las de la Biblia? ¿En el Libro de Mormón? ¿En otros escritos desconocidos? ¿Cómo saber cuál de esos escritos es cierto si todos afirman disponer del verdadero mensaje de Dios?

 

Dios nos ha hablado, eso lo tenemos claro. Pero, ¿Cómo nos puede constar que Dios ha hablado, que algo es de Dios y no de los hombres, y que aquéllos que dicen que Dios les ha hablado digan la verdad? En realidad muchos dicen que Dios les ha hablado y en muchos casos no lo prueban y se contradicen, por lo que demuestran que son falsos.

 

Como he dicho que hablaríamos de la religión cristiana, estudiemos por encima la Biblia. Como sabrás, las Escrituras de los cristianos se encuentran en la Biblia. Los especialistas en su estudio la admiran por la grandeza de su contenido y de su compilación; innumerables citas de catedráticos y expertos podríamos aquí citar. No ha habido en la historia del hombre un libro que haya conmovido al mundo tanto como la Biblia. El impacto que ha causado ha sido fenomenal. Algunos aclaman a la Biblia como la Palabra de Dios; otros la critican y la condenan. La Biblia ha cambiado la vida de asesinos, drogadictos, importantes funcionarios de gobierno, hombres de negocio y estudiantes.

 

Existen muchas evidencias que refuerzan la Biblia, muchas de ellas confirmadas por la ciencia. Estudiemos pues, las Sagradas Escrituras de la Biblia.

 

Si abrimos la Biblia por el Antiguo Testamento, nos encontramos, entre otras cosas, con unos señores que profetizan la venida del Mesías y explican su vida y su muerte, hablándonos en tiempo futuro. Si llegamos luego al Nuevo Testamento nos encontramos con los Evangelios, donde otros señores de otro tiempo hablan de la vida y muerte de Jesús en tiempo pasado, coincidiendo todo sin contradicción alguna con las profecías anunciadas muchos siglos antes.

 

Para fiarnos del Antiguo Testamento nos bastaría ver cómo se cumplen sus profecías en el Nuevo Testamento. Si alguien anuncia que mañana pasará algo y no sucede, esa “profecía” se considera falsa, mientras que si sucede aquello que anunciaba, se considera verdadera. Veamos ahora si realmente esas profecías fueron escritas antes del nacimiento de Cristo:

 

La profecía es el anuncio de un hecho que pasará en el futuro. Hay más de trescientas profecías hechas de Jesús en el Antiguo Testamento. Profecías como de su lugar de nacimiento, sobre cómo iba a morir, sobre su rechazo por la nación de Israel, etc. Todas estas profecías fueron hechas muchos cientos de años antes que Jesús hubiera venido a la tierra. Debido a la precisión de las profecías, muchos escépticos creyeron que debían haber sido escritas después del año 70 d.C., después del nacimiento y la muerte de Jesús, y la destrucción de Jerusalén. Por lo tanto, han tratado de negar que hayan sido profecías siquiera.

 

A esto hay que responder teniendo en cuenta dos cuestiones.

 

 

a). La primera es que tales profecías no han podido ser ‘amañadas’ a posteriori. Los judíos conservan celosamente el Antiguo Testamento tal cual los cristianos lo leemos hoy; si bien ellos no quieren saber nada de los Evangelios del Nuevo Testamento de los cristianos, porque no reconocen a Cristo como el verdadero Mesías enviado por Dios. Ahora bien, los textos proféticos del Antiguo Testamento no han podido ser adulterados por los cristianos en el Nuevo Testamento, porque al ser éste custodiado por los judíos hasta el día de hoy, se verían las modificaciones contrastándolas con las escrituras de los judíos.

 

b). La segunda es que en 1947, los rollos del Mar Muerto fueron descubiertos. Estos rollos contenían el libro de Isaías y otros libros proféticos. Cuando fueron fechados, se encontró que habían sido escritos entre 120 y 100 a.C., mucho antes que hubiera nacido Jesús. Hubiera sido un logro imposible que Jesús hubiera cumplido trescientas profecías. Algunos dicen que las profecías se cumplieron por casualidad, pero las probabilidades en contra serían tremendamente grandes. Requeriría más fe creer en su ocurrencia fortuita que en el hecho que Jesús fuera Dios y que estas profecías fueron inspiradas divinamente. Como este ejemplo de hallazgo arqueológico, existen muchísimos más.

 

 

            Bien, ahora ya sabemos que muchos siglos antes de que naciera Jesús se profetizaba su venida. Ahora nos falta saber si Jesucristo es el Mesías y si lo que dicen los Evangelios es cierto o es una historia inventada. Estudiemos los Evangelios:

 

Los Evangelios fueron escritos por cuatro apóstoles, dos de los cuales eran testigos presenciales de los hechos contemporáneos. Ellos cuentan lo que vieron y presenciaron. Es en los Evangelios donde se demuestra la veracidad de las profecías. En Jesucristo se cumplen las profecías que desde siglos antes anuncian su venida con todo detalle. Por lo tanto, con su venida al mundo se confirma la validez de las profecías del Antiguo Testamento. Alguien pudiera decir:

-¡Bah!, seguro que los apóstoles se inventaron la vida de Jesús para que creyeran que Él era el Mesías haciendo coincidir su vida con las profecías anunciadas anteriormente-

 

Veamos si esto es verdad o no. Para saber si los Evangelios son verdaderos, respondamos a las siguientes preguntas:

 

 

1). ¿Cómo saber si lo que escribieron los apóstoles es real y no es una historia inventada?

 

            Voy a demostrarte la historicidad de los Evangelios, algo sorprendente.

 

Lo primero que debemos dejar bien sentado es que sabemos que Cristo existió. ¡Hoy se niega todo! Cristo es un mito para muchos. Muchos dicen que no existió, que fue una creación de un grupo de locos. Vamos entonces a demostrar que existió.

    

     1º) Cristo existió porque está en los historiadores del Imperio Romano. Los historiadores del Imperio Romano, Suetonio, Tito, Livio, Flavio Josefo, etc. hablan de Jesús de Nazaret. Con la cantidad de gente importante que tenían por hablar, hablan de Jesús. Hablan poco, pero hablan de un carpintero. Flavio Josefo nos dice: “Por aquel tiempo apareció Jesús, hombre excepcional si le podemos llamar hombre, pues realizó prodigios sorprendentes”.

Por lo tanto, Cristo existió porque tenemos referencias suyas en historiadores del Imperio Romano. Cristo es historia. ¿Por qué ponemos en duda la existencia de Cristo y no dudamos de la de Platón, por ejemplo? Veamos más.

 

     2º) La existencia de Jesucristo nos consta como hecho histórico por sus hallazgos y documentos históricos. Todo el mundo sabe quién es Aristóteles, seguro: un filósofo griego cuyos libros de filosofía se estudian incluso hoy en día, y sus reglas y silogismos siguen siendo hoy la base de todo razonamiento filosófico. Pues bien, el manuscrito más antiguo que conservamos de Aristóteles es de unos 1400 años posterior a Aristóteles y, sin embargo, hoy seguimos estudiándolo y nadie duda de que existiera.

 

Muchos han oído hablar de Menéndez Pidal, premio March, historiador español de fama internacional. Menéndez Pidal ha escrito una historia de España en grandes tomos. Éste hombre, una autoridad en historia, cita en su Historia de España a Tácito, y se fía de Tácito, y hace unas afirmaciones basadas en Tácito, a pesar de que el códice más cercano a Tácito que conservamos es 1350 años posterior a Tácito.

 

Otro dato: Mommsen fue un catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Berlín, premio Nobel de Historia. Él decía del historiador griego Polibio que “a él es a quien deben las generaciones posteriores, incluso la nuestra, los mejores documentos acerca de la marcha de la civilización romana”. Pues Mommsen, Premio Nobel, catedrático de Historia Antigua en la Universidad de Berlín, se fía de Polibio, y resulta que el manuscrito más antiguo que tenemos de Polibio es 1067 años posterior a Polibio.

 

Pues bien: de los Evangelios tenemos el papiro Bodmer II, que se conserva en la Biblioteca de Cologny, en Ginebra, que contiene el Evangelio de San Juan íntegro, ¡y es solamente 100 años posterior a san Juan! En 1935 se descubre el papiro Raylands, que hoy se conserva en Manchester, que es ¡35 años posterior a san Juan! Y el 7Q5 del padre O’Callaghan, ¡que es tan solo 10 años posterior a San Marcos!

 

Mientras hay hombres de ciencia que se fían de manuscritos de más de 1000 años posteriores a su autor, muchos siguen poniendo en duda la autenticidad de los Evangelios, ¡¡¡de los cuales tenemos códices de 10 años posteriores a ellos!!!

 

El valor que esto tiene desde el punto de vista científico es incalculable. Por eso Streeter, un crítico inglés, dice que los Evangelios tienen la posición más privilegiada que existe entre todas las obras de la literatura clásica. No hay ningún libro de la literatura clásica que tenga tantas garantías de historicidad de los Santos Evangelios. De ningún autor clásico tenemos documentos de tanto valor.

 

Esto no existe en ningún libro de aquel tiempo. Los Evangelios tienen la postura más privilegiada de los libros de su tiempo. Ningún libro se encuentra en tal número y calidad como los Evangelios. ¡Y esto nos lo demuestra la ciencia!

 

 

2). ¿Conservamos plenamente lo que dijeron sus autores?

 

Ahora que ya nos consta que los Evangelios fueron escritos; nos falta saber que su contenido sea cierto y no inventado o modificado.

Tenemos la vida de Cristo escrita por testigos. Dice San Juan, uno de los doce apóstoles: “Lo que mis ojos vieron, lo que mis oídos oyeron, lo digo”. Tenemos relatos de Cristo escritos por testigos. El mejor testimonio de un hecho es el de los testigos presenciales. Pero, ¿cómo sabemos que esos testigos eran dignos de ser creídos? Tenemos exactitud documental y sabemos que existieron, pero ahora nos falta fiarnos de los evangelistas. ¿No será todo una mera invención o no habrán añadido o inventado algo?

 

Tenemos tres razones claras por las que sabemos que lo que escribieron los apóstoles es verdad:

 

1º)  Nadie miente gratis, y menos con perjuicio propio. ¿Cómo inventarme una doctrina que hará que luego me martiricen? Recordad que todos los apóstoles, menos San Juan, murieron mártires; por lo tanto, dieron su sangre defendiendo lo que habían visto, lo cual es algo de mucho peso. ¿Cómo iban a inventar una doctrina en la que acabarían martirizándolos a todos?

 

2º) El evangelio se escribe por testigos y para testigos. Cuando hago un relato para testigos contemporáneos, si no digo la verdad los testigos me la rechazan porque saben lo que pasó. Si me invento cosas o las digo de modo diferente o cambio la realidad de los hechos, los testigos rechazarán lo que escriba. Si por una locura colectiva se hubieran puesto a predicar locuras, nadie les hubiera creído, pues eran todos contemporáneos a los hechos, hechos bien conocidos. No hubo tiempo para que se formase una leyenda. Si alguien escribe en un periódico local la crónica del partido del último domingo y cambia el resultado, todo el mundo se dará cuenta.

Los cristianos de aquella generación, cuando leían el Evangelio veían retratado lo que ellos habían visto, lo que ellos habían oído. Si aquellos Evangelios no dijeran la verdad, habrían sido rechazados como una mentira. Na­die habría querido guardar un libro de historia que desfiguraba la verdad. Los habrían rechaza­do, y no hay ni un solo documento que atestigüe el rechazo.

¿Qué hicieron aquellos testigos que habían co­nocido a Cristo, que habían visto su vida, que ha­bían oído su predicación? ¿Qué hicieron con los Evangelios? Guardaron los Evangelios como oro en paño. Los copiaron a mano -entonces no había imprenta- y los transmitieron de generación en generación con todo cariño, porque allí estaba retratado lo que ellos habían visto. Por eso conservamos este cúmulo de documentos de los Evangelios.

 

3º) Ni locos ni súper sabios, dispuestos a falsear, hubieran sido capaces de ponerse tan perfectamente de acuerdo tantos para decir una misma historia inventada y doctrina tan extraña; ¡y eso unos pobres pescadores!. Es asombroso que con tanta diversidad haya tanta unidad en la Biblia. Las mismas diferencias de los Evangelios sin contradecirse son prueba de su veracidad.

 

Existen incontables pruebas que refuerzan la veracidad de los Evangelios. Por ejemplo, el tema de las mujeres. En aquel entonces la mujer no tenía ninguna importancia en la sociedad. Sin embargo, fueron las únicas que se mantuvieron al pie de la cruz  –junto con Juan-  cuando los demás apóstoles se escondieron acobardados. ¡También fueron las primeras en ver a Cristo resucitado! ¿Qué autor de esa época sería capaz de situar el papel de la mujer por encima del papel del hombre? ¿Quién hubiera apoyado el testimonio de la Resurrección de Cristo  -el dato más importante del Nuevo Testamento-  de modo primordial en el testimonio de mujeres, de no haber sido porque es precisamente eso lo que ocurrió?

 

 

Si leemos los Evangelios con detenimiento nos damos cuenta de su riqueza. A ningún sabio o filósofo se le ha ocurrido jamás un mensaje tan elevado como el que nos transmiten los apóstoles, unos pobres pescadores y letrados de Palestina. Secretos de intimidad con Dios, humanamente incomprensibles. ¿Dónde encontramos sino en los Evangelios un Dios hecho hombre en las entrañas de una Virgen, sacramentado bajo las apariencias del pan y del vino? ¿Dónde? ¿Dónde un Dios llevado a la cruz como un cordero, todo en un exceso de amor por los hombres, para elevarnos a Él? ¿Dónde? ¿Dónde un Dios tan paciente, misericordioso, tan loco de amor por sus criaturas? ¡Qué absolutamente diferente a las patrañas de la mitología griega, con sus dioses pasionales, adúlteros, homicidas, o a las páginas incoherentes y tan materialistas del Corán!

 

 

Conclusión: quien no crea en el Evangelio no tiene derecho a saber nada de lo que ocurrió en esa época. Quien no crea en el Evangelio no tiene derecho a saber nada de la historia de aquel tiempo. No puede creer ni en Alejandro Magno, ni en Ciro, ni en Darío, ni en Artajerjes, ni en nadie, ya que los textos de esos autores no se prueban con la fuerza, con la exactitud y con las garantías que tienen los Evangelios.

 

 

 

Tras ver esto, podemos considerar un último argumento de mucha fuerza: el espléndido desarrollo del cristianismo en el endurecido Imperio Romano.

 

La fe cristiana se abrió camino en el Imperio Romano de forma prodigiosa. El cristianismo recibió un tratamiento tremendamente hostil. Hubo una represión brutal, con persecuciones sangrientas, y con todo el peso de la autoridad imperial en su contra durante muchísimo tiempo (unos dos siglos). Hay que recordar que la religión entonces predominante era una amalgama de cultos idolátricos enormemente indulgentes con las más degradantes debilidades humanas. Tal era el mundo que debían transformar. Un mundo cuyos dominadores no tenían ningún interés en que cambiara. Y la fe cristiana se abrió paso sin armas, sin fuerza, sin violencia de ninguna clase. Los cristianos eran cada vez más. Cristianos de toda edad, sexo y condición: ancianos, jóvenes, niños, ricos y pobres, sabios e ignorantes, grandes señores y personas sencillas..., y, tantas veces, perdiendo sus haciendas, acabando sus vidas en medio de los más crueles tormentos.

Haber conseguido la conversión de aquel enorme y poderoso imperio, y cambiar la faz de la tierra de esa manera, y todo a partir de doce predicadores pobres e ignorantes, faltos de elocuencia y de cualquier prestigio social, enviados por otro hombre que había sido condenado a morir en una cruz, que era la muerte más afrentosa de aquellos tiempos... Para el que no crea en los milagros de los Evangelios, ¿no es este un milagro sorprendente?

 

Parece como si Dios hubiera infundido un espíritu ardiente en aquellos hombres, ya que implantar el cristianismo en el Imperio Romano hizo que muchos hombres abandonaran sus costumbres, comodidades y apetitos, convirtiendo a miles de paganos que abrazaron una vida de virtud y aceptan morir echados a las fieras. Que se repita incluso hoy con mártires o jóvenes que abandonan sus diversiones para pasar la vida a servir a los enfermos, a vivir en castidad y sufrir toda clase de penalidades. Tantos santos que conocemos que han tenido un trato íntimo y sobrenatural con Dios que nos enseñan a amarlo.

 

Pues bien, si ya sabemos que tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento son ciertos, y que, por tanto, la Biblia es donde están las escrituras divinas, siendo el medio por el cual Dios nos transmite su mensaje, nos falta saber cuál es ese mensaje. Lo comentaremos más adelante, pero sucintamente podemos decir que el mensaje central del Evangelio es afirmar que Cristo es Dios, ya que lo demostró con sus obras, con sus milagros, y que Dios es nuestro Padre que nos ama tanto que nos manda a su Hijo Unigénito para transmitirnos su mensaje y para redimirnos, es decir, para que por medio de su muerte nuestra antigua culpa sea borrada y nos sean abiertas las puertas del Cielo.

 

 

 

Para conocer la religión verdadera has visto que hemos estudiado cómo Dios nos ha hablado a través de las escrituras y de modo especial a través de su Hijo Jesucristo. Hemos demostrado la verdad de ese mensaje, pero en realidad hay otro camino para acceder a la verdadera Religión. Este camino lo comentaremos con profundidad en otro apartado, pero aquí podemos darle una brevísima pincelada. Se trata de contemplar y reflexionar sobre la figura de Jesucristo. ¿Quién como Él? Es el único que afirma ser de condición divina y lo demuestra a través de los milagros. Se caracteriza por su delicadeza y humildad, además de una gran inteligencia y paciencia para con sus contemporáneos. Su dulzura hace ganarse el cariño de los niños, hasta tal punto que los apóstoles les regañaban, y él contestaba: “Dejad que los niños se acerquen a mí.”

 

En una ocasión el pueblo lo quería despeñar por blasfemo, ya que Él había asegurado ser Dios, y eso les sonaba a blasfemia. Y el Evangelio dice: “Pasó en medio de todos y nadie le puso la mano encima”. Y aquella multitud amotinada que lo quería despeñar, se quedó paralizada. Y Cristo pasó en medio de todos, dominando a todos con su mirada y su personalidad. Esto demuestra la fuerza que tenía el carácter de Cristo y el dominio que tenía de la situación.      

Cristo tuvo también enorme dominio propio ante humillaciones y ofensas.
Fijaos lo tremendo, lo duro, lo humillante que es para un hombre ser abofeteado en público. Es de las situaciones más incómodas, que a uno le den un bofetón. Cristo se ve abofeteado y no salta. No responde con una palabra injuriosa. Cualquiera en una situación así hubiera perdido el dominio propio. Simplemente dice con amor y paciencia: -Si he respondido mal, muestra en qué; mas si bien, ¿por qué me hieres?

 

 ¿Qué Dios es el que muere con una muerte tan ignominiosa como es la muerte de cruz, por sus hijos? ¿Qué Dios nos da a su Madre como corredentora y nos facilita la salvación por medio de ella? ¿Qué Dios actúa con tanto amor aún sabiendo que muchos no creerán en Él ni le harán caso? ¡Si conocieras cómo es Jesucristo! ¡Cuánto te ama y sufre por ti! Lo que más duele a un corazón tremendamente enamorado es que no se le crea…

Ya hablaremos más sobre Cristo en otro apartado, pero al menos te invito a que te intereses por conocerle.

 

Existen otros caminos que Dios nos facilita para que lleguemos a Él como es el de los milagros, presentes en abundancia en nuestros tiempos. Algunos de los más famosos son las curaciones de Lourdes, el milagro del cojo de Calanda –Zaragoza-, el milagro de Siracusa de la imagen del Inmaculado Corazón de María, Guadalupe, etc. etc. etc. De esto y mucho más hablaremos en los próximos apartados.

 

 

Llegado hasta aquí, hemos ido viendo varios argumentos que nos dicen con claridad que Cristo es Dios y que por lo tanto la verdadera religión es la que sigue a Cristo, la cristiana. Así pues, dada la diversidad de ramas dentro del cristianismo, vemos que la verdadera religión es la que establece Dios, y no las divisiones personales que hacen los hombres a su conveniencia. Y Cristo, que es Dios, fundó su Iglesia en Pedro: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos” Y hoy, el único sucesor legítimo de Pedro es el Papa de Roma. Por lo tanto, el que quiera estar en la Iglesia que fundó Cristo, tiene que estar en la Iglesia Católica. Cristo fundó la Iglesia para que sea nuestra guía y para que por medio de ella alcancemos la salvación, estableciendo a Pedro y sus legítimos sucesores como pastores. Así pues, la verdadera religión es la cristiana católica, la religión fundada por el mismo Dios.

También hablaremos de la Iglesia en su debido apartado, ya que hay mucho por hablar sobre ella.

 

Para concluir, diremos que  la Iglesia Católica -lo ha recordado el Concilio Vaticano II- nada rechaza de lo que en otras religiones hay de verdadero y de santo. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, aunque discrepan en muchos puntos de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres.

 

 

Si todo esto no te dice nada por lo menos te invito a que reflexiones y medites un poco sobre algún punto que te propongo. Gracias por interesarte y leerte con calma este apartado.

 

 

 

¡Ánimo!

 

 

  

 

  

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